Buenos Aires. Ecologías Urbanas un proyecto de Mikel Otxoteko e Instrucciones para encender un diálogo el de Jaime de los Ríos integran este año la 10° edición EAS–EZE de BITAMINE. Por primera vez MUNTREF exhibe dos de las propuestas seleccionadas dentro del concurso de 2026.
Ambas exposiciones, en diálogo entre sí y con las problemáticas de flujos migratorios históricos y contemporáneos impresos en el antiguo edificio del Hotel de Inmigrantes, forman parte del programa EAS-EZE de internacionalización de artistas del País Vasco impulsado por BITAMINE, Etxepare Euskal Institutua y MUNTREF.
En el de Mikel Otxoteko, las capas migratorias impresas en la memoria urbana de Buenos Aires orienta la identificación de cinco “motores de transformación urbana: supervivencia, valorización, exclusividad, regulación y preservación”, entendiendo que “cada uno expresa una lógica diferente de producción territorial: garantizar la vida, extraer valor del suelo, producir distinción, ordenar y controlar el territorio, o sostener formas de vida, vínculos y pertenencias”. En su interacción, todo esto aporta a producir una configuración urbana inestable. A través de un mapa abierto, dinámico, cambiante de Buenos Aires, los visitantes pueden intervenir en las diferentes dinámicas dando lugar a la emergencia, a partir de la interacción de “múltiples ciudades”.
Jaime de los Ríos, por su parte, ofrece otra cartografía a la que define como “ la escultura más grande jamás construida, y también la más efímera” al ensayar con su trabajo la posibilidad de registrar las rutas de una serie de diálogos electrónicos entre dos personas en posiciones distantes en el planeta: “Donostia, Viena, Riad, Sídney.
Una noche la conexión no llegó a completarse. En otra, por primera y única vez, fue ella quien inició la ruta.
La pieza no resuelve la historia: la deja encendida, a la espera del próximo mensaje.”
Helga Massetani / Diana Wechsler
Dos personas que no se conocen quedan por mensaje. Cada una entra, desde su ciudad, a una página web: una pulsa soy el origen, la otra soy el destino. El servidor traza en tiempo real el camino que de verdad siguen los datos entre las dos direcciones: los cables, los nodos, los países que atraviesa la conexión. Y lo convierte en una línea de luz sobre un mapa. Esa línea es la escultura. Dura lo que dura la conexión: unas décimas de segundo.
La red que hace posible el encuentro no es una nube: es fibra óptica tendida en el fondo de los océanos, propiedad de un puñado de operadoras y de las mismas grandes tecnológicas que hoy poseen buena parte de esa infraestructura. Muchas de esas rutas repiten, con sorprendente precisión, corredores marítimos abiertos siglos atrás. La pieza hace visible esa arquitectura que damos por invisible: la escultura más grande jamás construida, y también la más efímera.
El vídeo documenta veinte de esos encuentros entre las mismas dos personas, conectadas veinte veces a lo largo de varios meses desde ciudades distintas: Donostia, Viena, Riad, Sídney. Una noche la conexión no llegó a completarse. En otra, por primera y única vez, fue ella quien inició la ruta. La pieza no resuelve la historia: la deja encendida, a la espera del próximo mensaje.
La latencia no es un retraso. Es el tiempo que tarda una relación en existir.